Nos roban el futuro


La corrupción, a lo largo de nuestra historia republicana, ha sido la lamentable regla y no una excepcionalidad en la gestión pública. Creer, ingenuamente, que los ataques al erario se limitan, únicamente, a administraciones recientes, es tener poco o nulo conocimiento de nuestro pasado como nación.

Casos recientes como el de Odebrecht son una radiografía de nuestra realidad. La propia empresa admitió que coimearon por 59 millones de dólares a funcionarios panameños. ¿Qué tal si les digo -Y no soy Ferrufino-, que con esa misma plata se pudieron haber construido 10 escuelas a un costo de 5.9 millones de balboas cada una?

Como joven, insto a la sociedad panameña, a trascender el análisis simple de números: “X persona le robó Y cantidad de dinero al pueblo panameño”. Es alarmante la normalización de los actos corruptos. Pareciera que la agenda del día se centra en discutir quién es más maleante y quién, menos ladrón. El debate debiera enfocarse en lo que el acto, como tal, representa. Es una traición a la Patria que merece ser castigada de la forma más firme y justa por parte del sistema judicial.

¿Qué mensaje le estamos dando a las nuevas generaciones con los ejemplos de funesta impunidad que vivimos a diario en nuestro país? Pareciera que el mensaje es que ser corruptos es el camino; que robar millones de dólares es lo correcto. Los corruptos recibirán palo de parte de la opinión pública por un tiempo, pero… si devuelven una parte de lo robado, pueden continuar con su vida y aquí no ha pasado nada. ¿Acaso es esta la sociedad que queremos?

Piensen en ese niño de 10 años que comienza a entender el mundo y percibe dos referentes de personas totalmente diferentes. Un ejemplo es un docente en la escuela multigrado a la que asiste. Se trata de un educador que tiene que vivir en condiciones humanas bastante precarias y quien no tiene suficientes recursos para tener una vida digna. El otro ejemplo es alguien de su comunidad, que un buen día decide postularse a representante o diputado, logra ganar y, a los pocos meses, lo ve montado en una camioneta 4x4 del año y dándose todo tipo de lujos. Ese mismo niño se entera, años después, que gran parte de su fortuna fue amasada, producto de actos de corrupción. ¿Lo peor? Todos lo saben y simplemente no pasó nada: quedó impune.

El niño puede llegar a la conclusión que es mejor ser político corrupto, que ser docente o decente. Urge que, nosotros, los jóvenes salgamos de nuestra burbuja diaria, de esa zona de confort en la que no nos importa nada de lo que sucede en nuestro país, siempre y cuando pasemos todas las materias y parrandeemos los fines de semana. ¡Por Dios, les pido que abramos los ojos! No sigamos haciéndole daño a la sociedad panameña, haciéndonos de la vista gorda frente a la corrupción que nos azota a diario.

No es verdad que el futuro está en nuestras manos. No es hacia allá que los jóvenes tenemos que mirar. El presente ya es nuestro y nos lo roban en nuestras narices. Nuestro deber es formarnos y participar activamente como los ciudadanos responsables que estamos llamados a ser. Tenemos un arma muy poderosa, tan poderosa como la Kriptonita: nuestra cédula. Haciendo buen uso de ella, tenemos el poder de fulminar y acabar por completo con los políticos corruptos en las urnas en 2019. Ya es hora que aprendamos a utilizar nuestro poder responsablemente. Nos roban el futuro.

Johel Heraclio Batista Cárdenas

CEO de Ayudinga y Miembro de Jóvenes Unidos por la Educación

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Praxis Comunicaciones, S.A.